Hoy sostuve una ardua conversación con una madre de familia acerca del porvenir de su hija, quien se hallaba en el umbral de dejar la escuela para ingresar en la universidad. La madre, de espíritu moderno y disposición liberal, afirmaba que apoyaría a su hija en cualquier estudio que emprendiera. Y, casi en tono de comedia ligera, relataba los múltiples cambios de inclinación profesional que la joven manifestaba: física o astronauta, aunque reacia a las matemáticas; fisióloga o nutrióloga, aunque sin pretensión de adentrarse en la medicina. En cada intento surgía un rechazo, un límite subjetivo. Fue entonces cuando propuse la idea de un año sabático. Ella, incómoda, replicó con firmeza: “No es para todos”. Y añadió con severidad que acaso la hija, trabajando, encontrara gusto en el dinero y jamás regresara a los estudios.
En ese instante advertí la raíz del problema: ¿por qué, en efecto, elegimos lo que estudiamos?
Es común sostener que la edad a la que se nos impone decidir una carrera es inadecuada: a los veinte años no se es aún maduro, ni objetivo, ni siquiera dueño de sí. Concuerdo con este juicio en lo relativo a la madurez, pero discrepo en dos puntos decisivos:
- No creo en la elección como tal.
- No creo, al mismo tiempo, en la ausencia de elección.
Me explico.
No existe una elección pura, perfecta o fundamentada en un criterio universalmente válido. En el ámbito de las carreras profesionales, pero también en la vida misma, el libre albedrío no se da como lo imaginamos: una libertad absoluta, sin condiciones. Somos libres, sí, pero dentro de un horizonte limitado: una suerte de libertad confinada en “dos metros cuadrados”. Elegimos en función de las condiciones materiales y sociales que nos rodean: algunos deciden según la promesa de un salario; otros, exentos de esa necesidad, lo hacen por mero interés personal. Sea como fuere, la elección nunca se da en un campo infinito, sino en un círculo finito de posibilidades delimitadas por la circunstancia.
En mi caso, estudié ingeniería en informática porque tuve acceso temprano a las computadoras y hallé en ellas satisfacción. Hoy continúo en la misma senda, pero ya no por esa primera inclinación, sino por otros fines que se me han impuesto con el tiempo. El motivo inicial se transformó, y con ello la razón de permanecer. Tal es, creo, el punto esencial: la elección temprana abre un camino, pero no fija para siempre el motivo que lo sostiene.
Ahora bien, tampoco creo en la negación total de la elección. Aceptar que sólo somos producto de condiciones materiales sería reducirnos a un mecanicismo ciego, a un proto-materialismo que elimina la posibilidad de dignidad. Precisamente porque la elección está limitada, cobra valor: dentro de un conjunto finito de opciones, el acto de escoger eleva nuestro espíritu, nos da propósito y nos abre la posibilidad de engendrar nuevas opciones en el futuro.
Por ello, lo único que podría recomendar a mi yo del pasado sería esto: elige lo que te otorgue más posibilidades. Pues ampliar el campo de lo posible es el modo más cercano a la libertad real.